Sacramento de reconciliación y perdón
La Confesión, también llamada Penitencia o Reconciliación, es un sacramento instituido por Jesús para perdonar los pecados cometidos después del bautismo. Es un acto de misericordia divina que nos devuelve a la amistad con Dios.
"A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos" (Juan 20:22-23).
Pecados identificados: 0
Haz un examen de conciencia sincero. Recuerda tus pecados desde la última confesión. No es necesario recordar todos los detalles, pero sí el tipo y aproximadamente cuántas veces.
Acércate al confesionario o a la sala de confesión. Puedes arrodillarte o sentarte, según lo indique el sacerdote.
"Bendígame, Padre, porque he pecado. Mi última confesión fue hace... (tiempo)"
Confiesa tus pecados con sinceridad. Sé específico sobre los pecados graves (mortales). Para los pecados veniales, puedes ser más breve. El sacerdote puede hacer preguntas para ayudarte.
Expresa tu arrepentimiento sincero. El sacerdote puede ofrecerte consejos espirituales.
El sacerdote te asignará una penitencia (oraciones o actos de caridad). Acepta con humildad.
El sacerdote dirá: "Dios te perdona tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén."
El sacerdote puede decir: "Vete en paz" o "Que Dios te bendiga". Responde: "Gracias, Padre" o "Amén".
El sacerdote está absolutamente obligado por el secreto de confesión. Nada de lo que digas puede ser revelado a nadie, bajo ninguna circunstancia.
Se recomienda confesarse al menos una vez al año. Los que desean vivir una vida más santa pueden confesarse mensualmente o más frecuentemente.
Los pecados mortales deben confesarse por número y especie. Los pecados veniales pueden confesarse brevemente, pero es beneficioso confesar también los veniales para crecer en santidad.
Para recibir la absolución se requiere: examen de conciencia, arrepentimiento sincero, propósito de enmienda y cumplimiento de la penitencia.